El lugar y la memoria ajena

Compartimos el relato del arquitecto venezolano Álvaro Rodríguez Muir, profesor en la Universidad Central de Venezuela, en la cátedra de Diseño FAU/UCV y merecedor de diversos premios y reconocimientos en concursos de arquitectura nacionales e internacionales, sobre su experiencia junto a un equipo de arquitectos y antropólogos, entre los años 1999 y 2000, en la construcción de pequeños edificios destinados a cumplir las equipamientos básicos sanitarios y educativos de las etnias de aborígenes localizadas en la desembocadura del río Orinoco al océano Atlántico, en Venezuela, que nos envía la arquitecta Andreína Linares.

Las edificaciones desprenden gran belleza, que nace de su integración respetuosa con el medio natural en el que se ubican,  de la sencillez de los medios materiales y constructivos con las que se ejecutan, de su  vocación de servir al grupo social para el que fueron concebidas y sobre todo por ser herederas de la sabiduría y la cultura antigua de su comunidad. Según él mismo dice al final de su relato “Un pequeño proyecto derivó en una experiencia aleccionadora y ejemplar de integración de saberes”:

“No es casual que en la tradición disciplinar de la arquitectura aparezca la figura del arquitecto como la del supremo hacedor que ejecuta una suerte de acto místico por la cual ordena la materia empleando el pensamiento. Por varios siglos hemos alimentado la creencia de que en la figura del arquitecto se resguarda el saber necesario para decidir cómo han de ser los lugares donde los humanos habitarán. Ese papel protagónico, ganado a la sociedad y celosamente protegido por los oficiantes de la arquitectura para cultivar su imagen y perpetuar el prestigio social, ha desfigurado sensiblemente su papel como intérpretes de las necesidades colectivas y en muchos casos ha secuestrado el derecho a la participación y los intereses de quienes se convertirán en usuarios de esas arquitecturas o habitantes de esos lugares. Nos interesa confrontar esta concepción del oficio.El trabajo que resumimos en esta breve reseña relata la experiencia de un equipo de arquitectos y antropólogos en el desarrollo de un proyecto realizado entre los años 1999 y 2000, destinado a las etnias de aborígenes localizadas en la desembocadura del río Orinoco al océano Atlántico, en Venezuela. El área de emplazamiento de estas comunidades de indios abarca una superficie total de 9.600 Has., inconmensurable, para una población de 1300 personas organizadas en pequeñas comunidades que no superan el centenar de habitantes. Poca gente dispersa en una inmensa superficie de territorio. A ello debe agregarse el que esta porción del planeta esta muy protegida por la legislación ambiental, pues es  Reserva de Biodiversidad y por lo tanto, está sometida a severas restricciones de intervención y manejo de recursos naturales. Es un lugar frágil, ambientalmente hablando.


Se nos convoca para atender con proyectos de edificaciones de pequeño formato y mínima complejidad programática las inmensas necesidades de equipamiento sanitario y educacional de los indios Warao ( que traducido de su lengua significa “hombres del agua”). Nuestros “clientes” han vivido por siglos con relativa independencia de la cultura occidental (representada por los “criollos”, resultado de la integración étnica)  que predomina en el resto del país, pero cuya relación con ella ha sido perniciosa y traumática, pues se fundamenta en la explotación del mas débil por el mas fuerte. Hasta ahora ellos siempre han sido los débiles. Eso los mantiene en una condición de marginalidad económica y de precariedad en la satisfacción de las necesidades básicas requeridas por cualquier ser humano.

Estamos hablando de un grupo humano muy vulnerable social y culturalmente. Su universo de valores y  creencias se remonta a varios siglos atrás, bastante antes de que la civilización europea llegara al continente americano. Una memoria étnica de elaboración y transmisión oral que ha sido capaz de sobrevivir por tanto tiempo a la inclemente persecución occidental debía ser conocida y protegida a toda costa. Al reconocer la fuerza y valor de esa memoria nacida y sustanciada en la naturaleza, empezamos a vislumbrar un camino para el trabajo proyectual.

Ante las manifiestas diferencias de toda naturaleza con nuestros clientes que en ocasiones expresaban mutua incomprensión, nuestra actitud no podía ser otra que el respeto y la expectativa. Era obvio que no podíamos empezar a trabajar sin antes  formar equipo con los diversos grupos y comunidades indígenas. Debía garantizarse su participación y oportunidad de autogestión en los trabajos que nos habían encomendado. A fin de cuentas, lo que se iba a hacer era de ellos, para ellos y se construiría con ellos.

A lo ya dicho debemos sumar como dato del problema los rasgos que impone la particular geografía del lugar. El territorio que ocupan estas comunidades es una ciénaga que cubre todo el delta del río y se mantiene cubierta de agua de manera permanente, con breves intervalos causados por la baja marea. Siendo la pesca el medio de vida y prácticamente la única actividad que realizan los indígenas, desde tiempos ancestrales habitan sobre el agua en rudimentarias construcciones hechas con troncos de árboles obtenidos de la tala del mangle, que es la especie arbórea que crece en el sitio. Estas construcciones llamadas por ellos “Janokos”, son sencillas plataformas de troncos unidos por amarres, cubiertas con techos de hoja de palma tejida. No poseen paredes y sólo eventuales cerramientos verticales. Son sus viviendas y sus lugares de trabajo. Existe un solo tipo constructivo, sin diferenciación por causa de uso o programa.

Por esta arquitectura, al igual que por todas las expresiones del cobijo nacidas de la adaptación étnica al sitio, hemos aprendido a sentir una particular admiración: son la justa expresión de un estado de equilibrio frente a los factores que la condicionan. Responde perfectamente a las condiciones ambientales y climáticas del lugar, se resuelve con los recursos materiales disponibles sin alterar ni perjudicar la naturaleza y , lo mas importante, expresa un modo de relación con el entorno en el que  el hombre no se disocia de su ambiente, ni en la dimensión física, ni en la existencial.

Pero, ¿en que radica la complejidad del proyecto que nos encomendaron? ¿Qué condiciones deben tener los lugares a ser proyectados?.

Las nociones de espacio y lugar convencionalmente empleadas por los arquitectos son insuficientes -por incapaces- para interpretar y asimilar las categorías y significaciones que le asignan a estos términos los indios Waraos. En su particular cosmogonía, el espacio es un vacío que no posee límites y el lugar que cada uno de los individuos ocupa en ese espacio (espacio existencial en la ya clásica acepción de C. Norberg-Schulz) está limitado por el alcance de la visión del observador sobre el horizonte.  Así, la noción de lugar no define un sitio en particular, sino mas bien un entorno de paisaje natural que se mueve a la par y junto al observador. Que estas construcciones no tengan cerramientos, ni envolventes, que sean sólo una plataforma con techo queda explicado por la necesidad de control y constante relación con el paisaje circundante.

De la asimilación de este contexto de datos y condiciones, así como de la permanente  presentación de propuestas a las comunidades indígenas surgieron nuestras primeras proposiciones de diseño. La inviabilidad de emplear maderas del lugar nos forzó a traer pino preservado en barcazas desde mas de 300 Km., en secciones y longitudes que pudieran ser transportados en pequeños botes y posibles de ser cargados por tres hombres como máximo. La carencia de destrezas y experiencia técnico-tecnológica para la construcción y el desconocimiento del empleo de las mas elementales herramientas manuales (sierras, martillos, taladros, etc)  nos impuso el diseño de un sistema constructivo adaptado a las circunstancias y un programa de capacitación para los miembros de la comunidad que participarían con nosotros en la construcción. Nos impuso la necesidad de representar el proyecto y la totalidad de los detalles y aspectos constructivos en gráficos de tercera dimensión para facilitar su comprensión y garantizar su adecuada ejecución.

El progresivo conocimiento del problema, analizado en una convivencia de varias semanas con estas comunidades, nos colocó frente a las posibles soluciones. Al final, no resultaron figuraciones adivinadas, ni inspiradas, ni impuestas por la memoria de los arquitectos. Los ingredientes fundamentales del proyecto pertenecen al lugar y a la memoria ajena, a la de ellos.

Se produjo un proyecto prototípico para una pequeña escuela que pondría a prueba todo lo acordado. Su apariencia es sorprendentemente elemental y desvestida de toda pretensión formalista: una plataforma elevada sobre el agua, parcialmente ocupada por una modesta construcción de dos niveles que acoge un aula abajo y un pequeño local arriba. Los paneles de cerramiento de madera se abaten verticalmente mediante bisagras para abrir el aula cuando está en uso. A la plataforma se le adosa un pequeño muelle, puesto que a ella se acude en bote.

La ubicación de este prototipo se produjo en una interesante circunstancia. Mientras el equipo de arquitectos planteábamos la conveniencia de aproximarlo a las viviendas de la comunidad, por lo que pensamos eran  razones prácticas, los líderes de la comunidad argumentaban razones de “orden natural” que escapaban a nuestra comprensión. Prevaleció el argumento mas consistente. De nuevo la memoria ajena se impuso. En este proceso, el centro de gravedad del proyecto, es decir, el punto de equilibrio para la toma de decisiones no se ubicó en la figura del arquitecto. Se desplazó hacia la comunidad autora y receptora de estas  modestas edificaciones.

De esta primera experiencia en diseño y construcción derivaron las nociones y las operaciones para los siguientes proyectos. Un pequeño hospital para el tratamiento y la investigación biomédica  y un conjunto de escuelas y dispensarios de salud se han ejecutado en los dos últimos años en otras comunidades del territorio warao. El esfuerzo de participación de los indígenas se ha mantenido y sigue influyendo sistemáticamente en las decisiones de diseño, tanto como la propia experiencia de uso de las construcciones.

Un pequeño proyecto derivó en una experiencia aleccionadora y ejemplar de integración de saberes. De ella salimos distintos a como llegamos. A partir de ella replanteamos nuestras convicciones acerca de nuestro papel como arquitectos. La tarea de idear la arquitectura no es otra que la de prefigurar el lugar adecuado para  ser ocupado por el hombre -individual o colectivamente-. Hacer el lugar, hacerlo pertinente, es la irrenunciable responsabilidad que nos impone la ética de esta disciplina y no se debería afectar ni por razones sociales, ni culturales, ni económicas, ni geográficas.

El encargo del arquitecto, por elemental o modesto que pueda parecer, trasciende lo meramente proyectual y se convierte en un compromiso cultural, en una expectativa de la imagen que se desea para el lugar ideado, en el que debe estar  representada la existencia y la presencia de ese nuevo ocupante en el paisaje. Es un acto de lealtad, de solidaridad compartida entre los ocupantes, el arquitecto y el lugar en que ha de construirse el proyecto.

Álvaro Rodríguez Muir
Arquitecto.
Caracas 2014

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